LA PACIENCIA, EL INSTRUMENTO CLAVE PARA EDUCAR

 


Cuando le explico a personas que no me conocen a qué me dedico, en la mayoría de ocasiones reaccionan con un comentario no carente de razón: “Uf, pues debes de tener mucha paciencia”. Y sí, lejos de disimular o fingir modestia, contesto con honestidad que la labor docente debe ir siempre cargada de una buena dosis de PACIENCIA. Pero, ¿qué es exactamente la paciencia? Según la RAE es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Es cierto, el docente debe soportar sin alterarse innumerables vicisitudes:

Repetir explicaciones hasta la saciedad, falta de autonomía o compromiso de muchos alumnos, su rebeldía mal expresada en ocasiones, la ausencia de constancia y hábito de estudio (por más que insistamos en ello), los olvidos de tareas, agenda, material; su pérdida de comprensión repentina ante algo que acabas de explicar con los mejores recursos didácticos disponibles, y un largo etcétera. Vamos, que los menores son expertos consumidores de paciencia.

Pero además, a ese concepto de paciencia le añadiría dos acepciones: COMPROMISO con la labor educativa y COMPRENSIÓN profunda del alumnado.

Si uno pretende ser un buen educador, incluyendo aquí a la maestra, el profesor, la monitora, la madre o el padre, debe saber que la paciencia no solo es una virtud admirable, sino más bien una obligación derivada de su propia labor. Es decir, tiene poco de destacable que un educador sea paciente porque es una cualidad que se le presupone y que más vale que posea de verdad. ¿Por qué? Porque nos estamos dirigiendo a personas (los niños y niñas) que ven el mundo y se manejan en él de una forma bastante distinta a como nosotros lo hacemos.

Debemos comprender que, entre otras muchas cosas, nuestros menores no tienen su cerebro desarrollado por completo. No estoy insinuando ninguna disfunción, que no se me malinterprete que no estoy tan harto de mi alumnado (ni muchísimo menos). Sino al hecho de que su córtex prefrontal (el encargado de la conducta, la personalidad, la memoria de trabajo y las funciones cognitivas superiores) no se desarrolla hasta prácticamente la edad adulta. Y claro, eso tiene consecuencias en su razonamiento y comportamiento. Al mismo tiempo, debemos entender que su forma predilecta de aprendizaje es mediante el juego y que querrán hacerlo constantemente en la etapa infantil; o que su manera de forjar su personalidad y expresarla es rebelándose ante la autoridad que representamos los adultos, cuando llegan a la etapa adolescente. Así que cuando los menores no cumplen con algunas de sus obligaciones, objetivos o no entienden bien una explicación, no quiere decir que necesariamente sean unos vagos o lo hagan a propósito; simplemente les cuesta más que a nosotros gestionar ciertas informaciones, realidades, fijar objetivos, atender a sus obligaciones o trazar el camino correcto para llegar a un fin. Y ante ello, debemos ser no solo pacientes sino comprensivos.

Es fundamental saber a quién nos dirigimos, entender no sólo las peculiaridades de la infancia sino de nuestro menor en concreto, porque cada persona es un mundo, y adaptarnos a las necesidades de cada sujeto. Es decir, tener EMPATÍA hacia nuestros educandos, abordar sus dificultades y preferencias poniéndonos en su lugar y desplegar todo nuestro arsenal como educadores (y adultos) para transmitirles nuestros mensajes con mayor claridad y adaptación a sus necesidades concretas.

De ese modo, el binomio PACIENCIA-EMPATÍA es indivisible, necesario y prioritario en la labor educativa de docentes y familias. Con ello conseguiremos una mejor relación con nuestros menores, menos “pérdidas de paciencia”, ardores de estómago innecesarios, y reproches continuos. Porque cuando nuestros niños y adolescentes se sienten comprendidos, el mensaje llega mucho mejor aunque sea el mismo. Debemos transformar las situaciones complejas para convencerles y no tanto para obligarles, a la vez que nos mantenemos firmes, serenos, cuidadosos y comprensivos, convirtiéndonos en la guía segura que precisan para su desarrollo.

Esto no siempre es fácil, en absoluto. A veces hay situaciones que sobrepasan hasta al más estoico y es necesario hacer un auténtico esfuerzo por reprimir emociones que nos empujarían a gritar o dar un golpe sobre la mesa. Sin embargo esto sólo serviría, en el mejor de los casos, para liberar cierta frustración y no para llegar al objetivo del crecimiento personal de nuestros menores. Como dijo Jean-Jaques Rousseau: “La paciencia es amarga, pero su fruto es dulce”. Además si caemos en el error de perder las formas, estaremos dando un nefasto ejemplo sobre cómo gestionar una situación delicada. Recordemos que los niños son esponjas que, en la mayoría de ocasiones, absorben más aprendizajes observando a los adultos que de las propias enseñanzas directas. Es decir, el ejemplo que ofrecemos es crucial y debemos cuidarlo.

El educador debe hacer un autoanálisis constante, observarse desde afuera, con objetividad y espíritu crítico, mirarse a sí mismo con la mirada de un niño y comprender que cuanto más sólido, sereno, atractivo y asertivo sea su mensaje, mejor será recibido y asimilado.

Así que la próxima vez que pienses que ser educador es algo que implica paciencia, añade a ello también una buena dosis de comprensión, empatía, templanza e incluso buen humor, porque todas esas cualidades son inseparables del hecho de educar y formar adecuadamente a nuestros pequeños.



Roberto Perales.


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